Soñamos con tener un hogar, un pequeño cuchitril donde colgar el sombrero tras volver a casa después de un duro día de trabajo. Gozar de una familia feliz, un retoño que al oír el timbre de la puerta corra hacia ella para abrirla y dar un abrazo a su padre que vuelve a casa para reunirse con su mujer e hijos - el mejor momento del día donde se comparte alegría, lágrimas, secretos y confidencias, ingredientes elementales de un...
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Soñamos con tener un hogar, un pequeño cuchitril donde colgar el sombrero tras volver a casa después de un duro día de trabajo. Gozar de una familia feliz, un retoño que al oír el timbre de la puerta corra hacia ella para abrirla y dar un abrazo a su padre que vuelve a casa para reunirse con su mujer e hijos - el mejor momento del día donde se comparte alegría, lágrimas, secretos y confidencias, ingredientes elementales de un alimento energético emocional que satisface las necesidades más trascendentales de un ser humano. Y todo empieza por una casa.
Muchas familias pobres de los municipios de Tudela, hace más de cien años lo único que tenían que hacer era coger una pala, subirse al monte, encontrar las vistas perfectas y empezar a cavar. Un primer paso para tener un hogar, rodeado por el árido paisaje de la Ribera del Río Ebro, donde montañas, cabezos u otras estructuras geológicas de extraordinaria belleza dibujan el bucólico skyline rural.
Primero se excavaban un pasillo, luego una habitación, dos y, cuando fuese necesario y la familia creciera, lo único que había que hacer era rescatar la pala y continuar cavando para crear pequeñas pero acogedoras habitaciones. Eran viviendas simples, sin muchas comodidades, desprovistas de suministro eléctrico y agua corriente.
Cuevas pequeñas, en verano frescas y en invierno cálidas, a una hora de Pamplona y quince minutos del Parque Natural de Bardenas Reales, seguían siendo hogares hasta los sesenta cuando el municipio les tentó con pisos de reciente construcción. Ahora Valtierra se ha convertido en un núcleo urbano de 2.560 habitantes.
Las Cuevas de Valtierra, además de ser una curiosidad turística, no se encuentran abandonadas. Algunas sí fueron tragadas por la montaña, otras simplemente dejadas, pero la mayoría se conservan aun esa especial relación con sus originales inquilinos, que a cambio de treinta euros mensuales que se pagan al ayuntamiento, los utilizan como almacenes de leña, bodegas e incluso garajes.
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